BUZÓN DE SUGERENCIAS - CAPíTULO 1: Lo que aún permanece
- CAPíTULO 1: Lo que aún permanece
Por: Carlos Romero A .
Oye, muchacho, ¿ya es de noche? ¿Por qué tan callado? Es de mala educación llegar y no saludar a tus mayores, aunque ya nadie se acuerde de uno. Se te nota asombrado, ¿qué de malo viste en este ciego?
(Se acerco, y se quedó parado, por un momento, sin emitir sonido alguno).
Y ahora… te comió la lengua los ratones… Pocos se acercan a conversar con un mugriento…
Siéntate, muchacho. Dime una cosa, ¿hoy hay luna?
—Sí.
—Esa voz…
Debe ser; hace frío… ¿Has notado cómo, al ver la luna, tu cabeza empieza a hurgar en tus recuerdos? A mí me pasa siempre, más de lo que quisiera.
La veo regando los cajones por la habitación, buscando la prenda que perdió, lanzando las cosas al costado, hasta encontrar la blusa ancha, esa con cuello pegado y mangas cortas, que tanto le gustaba.
Lo combinaba con un poncho rojo, un sombrero dorado con detalles negros, un anaco tan grande como el de su madre, color azul de terciopelo. Todo eso para lo más: ir a misa.
María se llamaba. Era la hija menor de Carlota, la quesera del pueblo. Blanca como la leche y terca como un becerro, pero alegre la condenada, libre como el viento que alborotaba su pelo.
Corría por la mañana antes de que el sol saliera, arreando las vacas al ordeño. La hubieras visto cómo trepaba los cerros y montaba a caballo; la helada le pintaba las mejillas de rojo y cuando le cantaba una canción, se enchinaba al reír, tapando el rubor. Cómo no quedarme ahí…
Sus manos se hicieron del trabajo. Eran anchas como las mías. Está claro que no recibirás un buen masaje, pero sí un buen trompón. Sus pisadas eran firmes. No dudaba si le tocaba saltar. Se amarraba en la cabeza un pañuelo y se lanzaba al río. Yo la veía sorprendido; como en medio de este frío había nacido un sol tan real.
Dode estaras, donde te fuiste. Cuando más te quise, la vida me la quitó.
Me dejaste solo, María… y contigo ya van dos; a esta edad no hay tercero. Si te tocaba irte, mándame a mí primero.
…
—¿Se enamoró de María?
—Pensé que me quedé hablando solo…
¿Amor dices? Yo diría que fue mi refugio. Cansado de rodar en botellas, persiguiendo amores del pasado, casi al borde del abismo, ella me miró.
¿Sabes lo que es sentir que existes y que nadie te vea, sentir que deambulas como alma en pena, esquivo a la mirada de la gente, insignificante, fugaz? Yo sí lo sé, y aunque duela aceptarlo, un perro sería más persona que yo mismo. Llevo en esta esquina poco más de 5 años y nadie me recuerda, nadie me nota. No saben ni preguntan mi nombre, y hay veces que yo tampoco me acuerdo…
Me vi en su mirada. No había desprecio, asco ni enojos. Se acercó a mí y me brindó abrigo. Su sonrisa fue amable, me miraba a los ojos, como si cobijara a un niño. Y tal cual me arrullé en ella, como te arrulla una madre, como si nuestra Virgen Santa me estuviera abrazando. ¿Has sentido eso, muchacho? Ese aroma, dulce y puro, cálido.
Me aferré a ella, dispuesto a pagar cada acto de amor con toda la fuerza que tenía, por el tiempo que lo necesitara.
Eh, el tiempo… Qué irónico... Es corto cuando la vida te premia con felicidad, cuando te da la oportunidad de conocer personas que sanan. Sientes que todo ocupa un lugar y tus días se armonizan. Solo te acompaña esa sensación de miedo de que algún día todo acabe. Para nosotros, los nadie, no hay felicidad que sea eterna. Cada gramo de risa la pagamos con mil de tristeza.
—Ya veo…
Casi entiendo cómo terminaste aquí...
Me alegra verte de nuevo.
Que tengas una buena vida, viejo.
Adiós.
—Adiós, hijo…
(Alzó su mano temblorosa, dando la bendición, Los pasos se perdían en la acera, y aquella esquina volvio a desaparecer entre el ruido del mundo).
Comentarios
Publicar un comentario